jueves, 24 de enero de 2013

Dos visiones sobre un mismo caso: Lampedusa y De Roberto (I)

Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa

Desgraciadamente, no consigo recordar el momento en el que por primera vez leí El Gatopardo, la obra -publicada póstumamente, como la totalidad de su escasa producción- de Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa (1896-1957). Sí recuerdo, sin embargo, que una vez finalicé su lectura tuve bien claro que esa obra sería una de mis favoritas para siempre; y que Lampedusa pasaría a mi Olimpo particular de grandes escritores de la Literatura (o al menos, de mi Literatura). A partir de ahí, atesoré sucesivas ediciones críticas de la obra -la última, publicada por Alianza Editorial en 2010, incorpora algunos apéndices añadidos de interés, y depura la edición original de una serie de recortes absurdos e injustificados-, con el fin de conocer, al menos hasta lo que por entonces era posible, el trasfondo que impulsó a Tomasi a escribir ese maravilloso texto. Este trasfondo pude conocerlo con mucho más detalle tras hacerme con la muy cuidada edición en español (Siruela, cómo no) del estudio firmado por David Gilmour sobre el príncipe escritor, El último Gatopardo: vida de Giuseppe di Lampedusa; una exquisita biografía en la que conseguí aproximarme mucho más eficazmente a la personalidad, sin duda muy singular, del taciturno y peculiar aristócrata siciliano.
Puedo añadir a esta particular colección la breve semblanza -un boceto, un apunte- que de Lampedusa realizó Javier Marías en sus Vidas Escritas, "Giuseppe Tomasi di Lampedusa en clase" (Siruela), también notablemente grata de leer. Una alegría posterior me la deparó la editorial Edhasa, al editar una colección de relatos breves, nunca publicados (destaco entre ellos el germen de una futura novela inconclusa, que cercenó la muerte: Los gatitos ciegos, I gattini ciechi, que iba a ser el relato de la ascensión de una familia burguesa a lo largo de la historia de la Sicilia contemporánea). Han sido editados también sus apuntes sobre Stendhal, su admirado autor francés, que concibió en el contexto de unas selectas clases de literatura que impartió en su momento a algunos escasos -y qué privilegiados, Dios mío- alumnos.
Pero lógicamente es El Gatopardo la obra que le hace inmortal: la historia de la decadencia de una familia noble siciliana, desde el Risorgimento hasta el comienzo del siglo XX: es inolvidable la figura del príncipe (principón) de Salina, trasunto del bisabuelo del autor, que con extraordinaria lucidez y un spleen casi británico es testigo de la caída de un mundo que ha llegado a convertirse en obsoleto; y son asimismo fuertes y precisas las pinceladas con las que dibuja al oportunista (y listísimo) Tancredi, sobrino del aristócrata ("que todo cambie, para que todo siga igual"), o al jesuita padre Pirrone, que procede de un mundo bien distinto al de estos exquisitos aristócratas, aunque trate de descifrarlos y de comprenderlos con ahinco.

Burt Lancaster como el príncipe Fabrizio de Salina (1963)

No quiero decir más sobre esta novela, porque lo que pretendo es instar a su lectura: se trata de una maravillosa obra -de principio a fin- sobre las mil formas de adaptación, supervivencia y transformación de la aristocracia; y de un texto deliciosamente crepuscular, imbuido de una nostalgia dulce en cada una de sus páginas. Imagino que ustedes  lo conocerán, o lo habrán leído: caso contrario, es de obligada lectura. Y he de destacar también la adaptación al cine que realizó el más que exquisito Luchino Visconti en 1963: el trío Burt Lancaster-Alain Delon-Claudia Cardinale merece una mención honorífica en toda enciclopedia del séptimo arte. Me quedo de ella con una escena: cómo, al principio de la película, Lancaster -que había sido trapecista de circo- dobla un pañuelo para meterlo en el bolsillo: toda la vida he querido doblar los pañuelos así. Si alguien me preguntara cuál es la imagen perfecta de un aristócrata creo también que diría que esa: hay, por tanto, que ver esa película inevitablemente (y gozar con ella).
Y de esta decadencia de la aristocracia sícula también nos hablaría, en su obra Los Virreyes (I Vicerè), un contemporáneo de Lampedusa, Federico de Roberto, cuya visión del mismo problema no compartía en absoluto el príncipe siciliano... pero de esta cuestión hablaré en una próxima entrada; ya está bien por hoy. ¿O no?.

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