sábado, 26 de enero de 2013

Imago Nobilitatis

William Larkin, Grey Brydges, V barón Chandos (c. 1615).

En la entrada anterior, me preguntaba en voz alta si existía una economía aristocrática. Hoy me tocará preguntarme si existe una imagen de la aristocracia, una imago nobilitatis -tal es el título de esta entrada-, y obviamente creo que he de responder que sí.
Aunque dedicaré muchas veces mi atención en el futuro al ejercicio de valorar, en sucesivas épocas y civilizaciones, la imagen ideal de la aristocracia (desde los arcaicos patritii romanos hasta los idealizados retratos ochocentistas de John Singer Sargent), quiero hoy dar algunas noticias acerca de la obra de un pintor que consiguió captar con sus pinceladas lo que podríamos definir como perfectos iconos aristocráticos: se trata de William Larkin, activo desde 1609 hasta su fallecimiento diez años más tarde, y que nos regaló una perfecta y embellecida imaginería de la aristocracia jacobita, contemporánea (como su nombre indica) al reinado de Jaime I Estuardo, rey de Inglaterra (1566-1625). En ellos, la figura del aristócrata -sea este de género masculino o femenino, o incluso indefinido, dada la fama del peculiar Estuardo- es simplemente una excusa para mostrar, a través de un intrincado juego de encajes, botonaduras, hebillas y elementos decorativos un elemento ideológico esencial: la dignitas, la dignidad. Porque, ¿qué es de una aristocracia sin dignidad?

Richard Sackville, III conde de Dorset (1613).

Larkin, a lo largo de los diez años en los que podemos fijar su producción, elaboró un número aproximado de unos cuarenta retratos: la mayoría de cuerpo entero, nos muestran a una nobleza cortesana reflejada ante sí misma y ante la posteridad tal y como ellos deseaban y esperaban verse, inmortalizados en el lienzo para siempre, reliquias vivas de sus momentos de esplendor petrificadas ante siglos de inmortalidad. No podemos definirlos como retratos psicológicos, ya que (salvo alguna excepción muy concreta que traigo a esta entrada: el retrato del V barón Chandos, que llevó una vida decididamente extravagante, por lo que recibió el apodo de Rey de los Cotswolds) las expresiones y las facciones quedan finalmente sepultadas bajo el peso de los tapices, las alfombras y los brocados; pero eso no debe importarnos. Al fin y al cabo, queda lo que Larkin quería: la imagen, la esencia, de lo que es la aristocracia; estos personajes eternamente inmóviles son uno de los mejores ejemplos de ello que conozco.
Nota bene: no puedo dejar de recomendar la extraordinaria obra de Roy Strong William Larkin: Vanidades jacobinas, editada a un desmesurado precio (300€) por el asimismo desmesurado editor Franco Maria Ricci, al que por cierto dedicaré una entrada futura en este blog. Años atrás, no pude resistirme a su adquisición; y hoy -al precio que va, no queda otro remedio- la custodio con mimo en la biblioteca de mi casa.

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